martes, 30 de junio de 2015

EL PIROPO - Relato corto -

                                                             
                               
                                     EL PIROPO-Relato corto-  
   
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                       
Caminaba, caminaba. 
Erguida con un blanco albornoz de playa, bolsa y zapatillas muy al compás, favorecedoras gafas de sol, no imperceptibles pese a su visera.
Su silueta desde lejos la adivinaban. Sí eran dos individuos, podría calificarlos de personajes que con frecuencia la veían pasar por el mismo trayecto.

   — María, cada vez más guapa — le decía Ernesto.
  — Hoy he oído tu voz en una grabación, hija y ¡qué voz!, me has atrapado— le comentó Evaristo.
Ella les respondía con una bella sonrisa, sin detenerse.
Su interior grandioso, intuido seguramente por estos dos personajes, que ya no eran unos desconocidos.

Se fijaban al pasar: maduritos y jovencitos.
    —   ¡Preciosa, quién tuviera 30 añitos menos! — palabras de un atrevidillo boquiabierto.
    —   ¡Ay, mi arma! ¡La Alhambra se te quea chica, otro día te desvía porque me voy a cae del andamio!— Suspiró desde arriba.

 “Y dicen que ya no se echan piropos”

Pedro, el del kiosco a quien a diario compraba  la prensa, no podía decirle nada. Sólo con un…
   —   Hasta mañana y que el sol se ponga pronto— SOÑABA.


Mª Luisa Padilla Recio.



martes, 16 de junio de 2015

AMANECER.( RELATO).

                                                        
                                                                  AMANECER 




“Estoy sola, total y definitivamente sola, inmersa en una inevitable decisión.”
Era aparentemente un lunes más, pero no, Alba llegó a clase y se sentó en el lugar habitual. Su figura esbelta parecía muy venida a menos. Su pelo rubio, liso y brillante —uno de sus mayores atractivos—, lo traía mal recogido y sus grandes ojos azules enrojecidos.
Después de un fin de semana, no era normal  ese silencio en el aula, parecía como si el aspecto de Alba hubiese consternado al resto de sus compañeros.
No era un aula más, orientada al este, en la fachada principal del centro con dos amplios ventanales que transmitían mucha luminosidad. Pero ese día sin estar nublado reinaba la oscuridad.
La clase iba a comenzar y la profesora Cristina, joven, enérgica y muy  observadora, dejó con sutileza  el maletín sobre la mesa y acercándose a los alumnos,  extrañada, dijo con brío:
— Empecemos con San Juan de la Cruz.
“Eso es, la cruz, mi cruz, ¿por qué, por qué?  Estoy sola, en una inevitable decisión”, pensaba Alba. Al terminar la clase se dirigió a la profesora con deseos de hablar con ella y quedaron citadas en el Departamento durante el recreo.


Yo había terminado el curso con éxito y pensaba descansar, visitar a mis abuelos, ir a la playa, leer y disfrutar.
Se dice que las cosas no van bien del todo, aunque nosotros ciertamente  no nos podíamos quejar. En mi casa funcionábamos, lo  que era importante: mi padre, Alejandro, atractivo y conversador, estaba bien considerado en su trabajo, parecía que le gustaba y disfrutaba e iba progresando; aunque es verdad que le dedicaba mucho tiempo y nos tenía un poco abandonadas. Mi madre, Dulce Nombre, agradable, servicial e inquieta, aunque indecisa, estaba contenta. Su jefe y compañeros la apreciaban. Pero las relaciones de mis padres durante el verano se habían enturbiado de forma considerable, y mi padre tenía nuevas compañeras de trabajo que a mi madre no le agradaban.

—Alejandro, qué barbaridad, por fin llegas, cada día más tarde, te llevo esperando muchas horas.
—Dulce, vengo muy cansado de estar todo el día lidiando en la calle.
—Alejandro, mucho trabajar. ¿No tendrás algo más importante por ahí?
—Dulce, ¡joder!—Y un escalofrío lo invadió.


El verano se me ha ido como un mal suspiro y pronto va a comenzar un nuevo curso, mi último curso. Mi padre cada vez volvía más tarde, mi madre además de sus ocupaciones y la casa había encontrado amigas para ir a un gimnasio y salir a pasear.
Con mucha frecuencia mis padres seguían discutiendo y sus caras eran  menos agradables; sin embargo cada uno iba sobrellevando su vida.
Según pasaban los días, estábamos más alejados. Es cierto que la confianza nunca fue nuestro fuerte, habíamos ido por nuestro camino con respeto y  habíamos marchado. Yo  presentía que esto no era pasajero. 

—  ¡Vaya horitas!     
— ¿Qué estás insinuando?— dijo Alejandro.
—Nada, tú sabrás, no hablas ni con Alba, y no somos nada para ti.
—Dulce Nombre, se te va la cabeza. ¿Así estás en la oficina? No sé cómo te aguantan.
—Allí no tengo problemas, siempre me han apreciado lo que tú ya no haces.
—Dulce, así no podemos continuar, tú dirás lo que quieras, pero esto es insoportable. ¿Qué pretendes?
—Poder vivir, yo tengo mi trabajo, y nunca te he necesitado para nada, tú qué te crees—dijo Dulce, sobreponiéndose a su carácter.
— Si tan mal te va, nos vamos cada uno por su camino y punto final, repartimos y fuera, la niña puede decidir y que se vaya con quien le dé la gana.
—Nosotras nos quedamos aquí, en la casa y tú te largas.
—Pues, abogados ya, y esto se acaba—concluyó Alejandro, con energía.

Sus disputas cada vez más intensas. Las palabras eran voces altisonantes,  acusaciones mutuas sin pudor y sus relaciones  muy deterioradas. Tras las amenazas de separación y de conectar con abogados, mi padre se ha marchado de la casa.


“Pero, si en realidad no teníamos problemas. ¿A qué se debe todo esto?, no me encuentro con fuerzas, me siento desplazada, sin capacidad para mediar, tampoco me cuentan ni me preguntan.
Ciertamente, soy un cero a la izquierda, cada vez me gusta menos estar en casa, es un verdadero infierno y mis amigos no son tan amigos y no les puedo contar lo que nos pasa.
Mis dudas aumentan y pronto tengo que decidir con quién quiero irme a vivir. ¿Por qué suceden estas cosas? Aunque intento disimular, cada día le encuentro menos sentido a mi vida.
Cuando miro a nuestro alrededor nada me agrada, mi alegría se está disipando y mi dormitorio, mi único refugio, lo tengo hecho un desastre. Me siento sola, aislada, perdida, tremendamente sola.
¿Qué me está pasando? Julio no es de mi completo deseo y me dejo sólo llevar por la necesidad que tengo de cariño, no debo consentir mucho más. Me parece que algunas veces es como si se estuviese aprovechando de mi estado, pero no me encuentro con fuerzas.
De fumar y del alcohol he pasado a otras cosas, para intentar olvidar. Me pierdo en esos momentos, estoy anulada, no soy yo, no me conozco, todo se convierte en un llanto sin fin”.


Ya vivo con mi madre. Mantenemos nuestra casa, con el mismo dormitorio donde paso el mayor tiempo. No he cambiado de barrio ni de centro de estudios, y es mi padre el que no está. Las separaciones son muy dolorosas por mucho que al final se hagan de mutuo acuerdo. A pesar de estar más tiempo con mi madre y llorar juntas nuestra situación, no hemos sabido labrar la suficiente confianza para contarnos nuestras intimidades. Pasan las horas y pasan los días y no encuentro momento adecuado para desahogarme.
A mi padre lo veo días sueltos y algunos fines de semana, aparentemente solo, sumido en sus inquietudes y en el trabajo, yo nunca le causé problemas. Pero si con mi madre no tengo confianza, con mi padre menos aún, y tampoco encuentro la ocasión para contarle el porqué de mi desazón e intranquilidad.
Me da vergüenza. Me inquieta lo que puedan opinar. Pienso que no me van a ofrecer ayuda. La verdad es que desconozco en el fondo la causa por la que no encuentro momento para pedir la  opinión de ninguno de ellos.


“No he tomado precauciones y he dejado pasar el tiempo, ni quiero ni no quiero continuar. ¿Cómo puede cambiar mi vida? ¿Cómo reaccionarán mis padres? ¿Cómo me aceptarán los conocidos? ¿Y mis no tan amigos? ¿Y mis compañeros de instituto? Mil y una preguntas me hacen imposible tomar una decisión. Cómo ha cambiado mi situación.
¿Puedo resolverlo yo sin contárselo a nadie? Estoy sola, totalmente sola.
 Tengo cerca el Centro de Salud y puedo pedir cita para mi médico de familia, pero ¡hace tanto tiempo que no voy! No sé ni quién me corresponderá. ¿Será un doctor o una doctora?, ¿me atreveré a contárselo?, ¿qué me aconsejará?, ¿me dirá que soy idiota?, ¿me derivará?, ¿tan infantil he sido?, ¿me pasa sólo a mí?”


En las clases de inglés y matemáticas un torbellino de zozobras y recuerdos ha invadido mi pensamiento y  sólo quedan algunos minutos para el recreo y poder verme con mi profesora.
“Nunca olvidaré los comentarios de las lecturas en sus clases,  desde la picardía de aquellas bastas “serranas” del Arcipreste, la sutileza de “las serranillas” de Santillana, el llanto de Pleberio:… ¡Oh amor, amor! ¡Que no pensé que tenías fuerza ni poder de matar a tus sujetos!... ¿Por qué me dejaste triste y solo en este valle de lágrimas? (¡Oh, pero si su soledad es la mía!) o aquella letrilla de Góngora: ¡Que se nos va la pascua, mozas, / que se nos va la pascua!, o la maestría del agudo Quevedo:…Polvo serás más polvo enamorado, o nuestro admirado Bécquer…Pero aquellas cuajadas de rocío/ cuyas gotas mirábamos temblar/ y caer como lágrimas del día…/ esas… ¡no volverán!

Y cómo después de la lectura de un relato, cuyo título no voy a citar, no (no es que lo haya olvidado), nos preguntó: el relato, ¿ os parece literario o no? A todos nos había encantado el diálogo de aquella pareja de jóvenes enamorados, Manolo y Pili que nos llevaba a nuestro mundo; pero nadie respondió a su pregunta y nos dijo: Por favor reiniciemos la lectura introductoria, leyó primero Leo, después Elisa. Comenzaba así: Del oeste al sur, largas agujas de nubes de un dulzón color corinto... Alta, lejana como una blanca playa, la media luna... Cómo lo desentrañó, explicándonos la belleza de esa introducción, que a todos nos pasó desapercibida, y nos encantó como siempre".

Con estos pensamientos, la profesora Cristina se hizo ver a la salida de  clase, ella  conocía nuestra situación familiar por entrevistas previas con mi madre, y estuvimos dialogando:
— Estoy a tu entera disposición, Alba, no lo dudes, y  ¡ADELANTE, SIEMPRE ADELANTE!
Fueron varios nuestros encuentros, y aunque conteniéndose, la vi derramar algunas lágrimas conmigo. Y si me gustaba como profesora, como persona aún más la admiré. En realidad nuestras conversaciones me aliviaban y me reconfortaban.

“Tuve que decidir con mi corazón y mi cerebro”.

Tras duros días de incertidumbre, penas y desasosiegos, y con la ayuda de mi madre, que se compromete a ofrecerme todo el apoyo y más que ella pueda. Decidí, con su compañía, acercarme al Centro de Salud donde contacté con Planificación Familiar a través de mi médico.
Mi estado era lamentable, incapaz de hacer una vida propia de mi edad, con una ansiedad insostenible y perjudicial seriamente para mi salud. Mucho me había costado tomar una decisión tan importante y definitiva, creyendo en la vida, dándole el verdadero valor y habiéndoseme ofrecido todo el apoyo médico y moral; pero al final fui derivada para la IVE a una clínica.

Una tarde mientras me reponía, tuve un flash, mi flash y lo vi muy claro: era un lindo niño, pero fruto de un auténtico amor, mi amor.


Después de una oportuna ausencia, Alba, volvió a clase: con su larga y brillante melena rubia y sus ojos claros luminosos, transparentes como las gotas de lluvia que resbalan sobre las hojas de los árboles, después de una gran tempestad.
Alguien exclamó: Ésta es nuestra Alba.

(Mª Luisa Padilla  Recio)

*Relato publicado en el libro de Taller de Escritura Creativa  de Carmen Posadas.

* La imagen también es original de M L Padilla.