Erguida con un blanco albornoz de playa, bolsa y zapatillas muy al compás,
favorecedoras gafas de sol, no imperceptibles pese a su visera.
Su silueta desde lejos la
adivinaban. Sí eran dos individuos, podría calificarlos de personajes que con
frecuencia la veían pasar por el mismo trayecto.
— María, cada vez más guapa — le decía
Ernesto.
— Hoy he oído tu voz en una grabación, hija y
¡qué voz!, me has atrapado— le comentó Evaristo.
Ella les respondía con
una bella sonrisa, sin detenerse.
Su interior grandioso,
intuido seguramente por estos dos personajes, que ya no eran unos desconocidos.
Se fijaban al pasar:
maduritos y jovencitos.
— ¡Preciosa,
quién tuviera 30 añitos menos! — palabras de un atrevidillo boquiabierto.
— ¡Ay,
mi arma! ¡La Alhambra se te quea chica, otro día te desvía porque me voy a cae
del andamio!— Suspiró desde arriba.
“Y dicen que ya no se echan piropos”
Pedro, el del kiosco a
quien a diario compraba la prensa, no
podía decirle nada. Sólo con un…
— Hasta
mañana y que el sol se ponga pronto— SOÑABA.
Mª Luisa Padilla Recio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario